SELECCIÓN DE RESEÑAS SOBRE LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA

ÍNDICE

1. Antonio Jiménez-Landi, La ILE y su ambiente, III Período escolar (1.881-1.907), Madrid, Ministerio de Educación y Cultura, 1.996.
Historia de los comienzos de la ILE y su ambiente.


2. Josep Pijoán, Mi Don Francisco Giner (1.906-1.910), Ronda, Colectivo Cultural «Giner de los Ríos», 1.998.
Primer encuentro descriptivo de Pijoán en la ILE. Transformación del carácter de la ILE. Diferentes edades conviven en el mismo edificio.


3. Natalia Cossío, «Mi mundo desde dentro», En el centenario de la Institución Libre de Enseñanza, Madrid, Tecnos,1.977.
Describe el especial ambiente de su estancia en la ILE a propósito del primer centenario de la fundación.

4. Antonio Jiménez-Landi, Manuel Bartolomé Cossío una vida ejemplar (1.857-1.935), Alicante, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1.989.
Manuel B. Cossío como profesor de la Institución


Antonio Jiménez-Landi
La ILE y su ambiente, III Periodo escolar (1881 - 1907)
Madrid, Ministerio de Educación y Cultura, 1996


II. EL HOTEL DEL PASEO DEL OBELISCO

Reunida la Junta Directiva de la Institución el 7 de julio de 1887, acordó la compra del hotel que ya tenía arrendado. El acta correspondiente dice así:

Discutidos de nuevo ampliamente los inconvenientes y las ventajas de adquirir un local e informada la Junta, tanto del dictamen del Arquitecto señor Repullés, facilitado por el dueño de la casa, señor D. Jesús Antonio de Noguerol, cuanto del informe pericial, hecho minuciosamente sobre el terreno por los señores arquitectos socios de la Institución don Joaquín Kramer, don Emilio Rodríguez Ayuso, y don José María Laredo, la Junta acuerda por unanimidad la compra de la casa número 8 del Paseo del Obelisco, propiedad de don Jesús Antonio Noguerol, en la cantidad de ciento quince mil pesetas, sin contar el agua que será objeto de un contrato particular, para la compra de su propiedad ó para el arrendamiento anual de la misma. (...) El Presidente y Secretario quedan autorizados para ultimar y resolver por sí, y en representación de la Junta, todos los pormenores del contrato de adquisición de la casa número 8 del Paseo del Obelisco... etc.

En la escritura de compraventa la finca objeto de la misma se describe del modo siguiente:

Finca urbana.-Una casa, situada en esta Corte, antiguo segundo cuartel hipotecario, hoy del Norte, barrio de Chamberí, Paseo del Obelisco, señalada con los diez y doce antiguos, ocho moderno, de la manzana sesenta y seis, que toda ella linda: por Norte por el Lirismo Paseo; Mediodía, con terrenos del Excmo. Sr Conde de Begamar; Oriente, con casa de doña Zoíla de la Palma, y Poniente, con otra de D. Santiago Gómez Segura, comprendiendo toda la posesión veinte mil seiscientos noventa y cuatro pies y tres cuartos cuadrados, equivalentes á mil seiscientos seis metros, sesenta y dos centímetros cuadrados.

Esta finca constituye una posesión de recreo, constando de la habitación, con fachada de cinco huecos al Paseo, y su jardín, donde hay otros dos cuerpos de edificio; la forma de su área total, es un polígono irregular de seis lados de los que el de la fachada mide veinte metros noenta y cinco centímetros, la medianería derecha, sesenta y un metros, diez milímetros, y el testero treinta metros y treinta centímetros, cuya diferencia con la fachada según el título, es debiada además del desviaje á un martillo que forma el solar en la medianería izquierda. Compónese esta finca de un cuerpo anterior de edificación en la longitud de la fachada, y á continuación está el jardín con varias dependencias, teniendo en l aparte anterior a dicho martillo, otro edificio que contiene capilla, y en el testero hay una crugía de mil trescientos ochenta y seis pies de área, donde se hallan situadas en planta baja, la cuadra, cochera, y pajera, y en planta principal habitaciones de criados. El agua del canal de Lozoya, con que está dotada esta casa, no es objeto de este contrato.
Efectivamente, el señor Noguerol había rebajado el precio inicial de 26.000 duros a la cantidad de 23.000; pero haciendo constar, que en esta cifra no entraba la propiedad del agua a la que la finca tenía derecho.

El edificio principal tenía sendas fachadas, al Paseo del Obelisco y al jardín, y dos plantas habitables. En la baja se instalaron la secretaría, la biblioteca y la vivienda del portero, la primera presidida por el busto de don Julián Sanz del Río, hecho en escayola por Grájera. En la segunda planta se dió casa a don Francisco y a Cossío.

Colgaban de los muros de la escalera una vista fotográfica de la Alhambra, un bajo relieve de arte griego, y un recuadro de azulejos en el que se leía:


Nao ha nada mais penoso
para homen ocupado
seja publico ou privado
que a vista do ocioso

Tratábase de un obsequio de don Bernardino Machado a Giner y a Cossío.

El portal se abría directamente al jardín, del que le separaba una cancela de hierro. En uno de los muros de aquél, sobre un banco negro, de madera, veíase la ampliación de una fotografía representando al famoso San Jorge, de Donatello, que orna la Catedral de Florencia. En el opuesto muro, colgaban la fotografía, semejante, del Colleone de Verrocchio, sobre otro banco parejo del anterior, y unas tablillas -castillos y leones- procedentes del Monasterio de Sahagun. Dos grandes librerías de pino, acristaladas, a derecha e izquierdas completaban la decoración.

En un artículo de Arcimís acerca del modesto Observatorio astronómico y meteorológico montado por él en la Institución, don Augusto nos informa sobre algunos detalles del entorno: Las construcciones á su alrededor -escribe-, son escasas y se encuentran á una distancia suficiente para que su influjo pueda considerarse nulo: pero no es dable decir lo propio del edificio de la Institución compuesto del ala de la fachada y de otro rectángulo, que le es paralelo, en el fondo del jardín, para no hacer mención de algunas construcciones de menor importancia en la parte oriental.

Sabemos también por el propio Arcimís, que una de las construcciones menos importantes era el gallinero y que las tapias medianeras, a este y oeste de la finca tenían escasa altura. La cual se conservaría invariable por la parte oriental; pero no así en la opuesta, porque las religiosas propietarias de solar y edificio colindantes levantaron una pared de gran altura, se decía -no sé si malévolamente- para evitar a sus discípulas toda posible contaminación con la heterodoxia de los vecinos. Porque, pocos años después, las fincas de doña Zoíla y de los señores conde de Begamar, y Gómez de Segura, fueron adquiridas por órdenes monásticas femeninas.
Del primitivo jardín de la Institución llegaron a nuestros días unos cuadros de recortados aligustres, en cuyo centro crecían, pobremente, las víncas y unos pocos árboles, sin duda los mismos de cuando la finca se compró: también aligustres, pero repartidos sin orden aparente; un hermoso nogal apuntalado para que su excesiva inclinación no lo desplomase; una morera; una higuera, y una hermosa acacia pegada a la tapia medianera de saliente. Recordemos a la adelfa, al lilo blanco, a la punzante pita y, sobre todo, al tejo, situado frente a la fachada del edificio principal, y el cual debió de ser plantado con posterioridad.

Por las susodichas tapias de occidente, incluida una parte de la construcción del fondo, crecía una tupida hiedra, símbolo clásico de la poesía menor. Unos pasos antes, la sencilla armadura de hierro que sostenía el tronco y los sarmientos de una mezquina parra. En un esquinazo de la excapilla, un rosal trepador que se cuajaba de flor blanca en primavera.

El solar podía, pues, describirse como la unión de dos cuadriláteros, formando una L, cuyas líneas de longitudes máximas fuesen perpendiculares, de Norte a Sur el primero -el que daría al Paseo del Obelisco-, y de Este a Oeste el segundo. En la conjunción de los dos, y del lado Este de la misma, se levantaba la capilla, una edificación muy modesta, en dos cuerpos unidos y techada con teja negra, plana, lo mismo que el edificio principal. Los nuevos propietarios instalarían allí el laboratorio de física y química.

La escritura de compraventa se extendió en la notaría del ya citado socio de la Institución don José Gonzalo de las Casas y Quijano el 19 de julio de 1887. Por parte de la sociedad compradora firmó el Excmo. señor don Segismundo Moret y Prendergart, mayor de edad, de estado casado, Abogado y actualmente Ministro de Estado, etc. (...) y en calidad de vendedor el señor don Jesús Antonio Noguerol y Soto, de sesenta y tres años, viudo, militar retirado.(...).

Don Jesús Antonio Noguerol había heredado la finca de su mujer, doña María Teresa de Aizpurúa, y esta señora, de su padre don José Antonio de Aizpurúa Casamayor, quien, a su vez, la había comprado, en 1 de febrero de 1873, a don José Gil Dorregaray, un caballero carlista pariente próximo del general de la misma ideología don Antonio Dorregaray el que puso cerco a Bilbao.

Pero antes, la finca había pertenecido a doña Antonia Silvela y de la Vielleuse, e inmediatamente después, a su viudo don Valeriano Casanueva. Las cargas que habían pesado sobre el inmueble durante este tiempo estaban todas canceladas.

Figuran como testigos de la compraventa don Hermenegildo Giner de los Ríos y don Mariano Alejandre Oliveros.

La Institución había sido siempre tan respetuosa con todo, que las iniciales de don José Dorregaray (J-D) permanecieron años y años grabadas en los vidrios de colores que tenía el montante de la puerta del jardín, sin que nadie se explicara la relación que podía existir entre aquellas letras y la fundación gineriana.

A la finca descrita la Institución le añadió, muchos años más adelante, dos pabellones, uno para las clases de párvulos y primaria, a continuación de la antigua capilla, y con fachada a mediodía, y otro a lo largo del muro occidental del jardín para albergar a la sección segunda y al laboratorio Macpherson. De las circunstancias que rodearon a este edificio me ocuparé más adelante. Fue durante la ocupación de la Institución por el Estado, a partir de 1939, cuando se derribaron el pabellón de química -la antigua capilla-, y las construcciones del fondo del jardín, en la medianería sur de la finca, sustituyendo a estas últimas un pabellón nuevo. De los árboles y plantas del jardín sólo se salvaron la acacia y un aligustre. Los restantes fueron talados, hasta quedar el solar completamente falto de vegetación. Pero de esta hecatombe forestal es prematuro hablar ahora.

Prefiero evocar el jardín corno le vivimos de niños, con su luz viva tamizada por los árboles y el fondo oscuro de las hiedras.

Este fue el marco en el que la Institución desarrolló su gran labor educadora, donde vivieron Giner, Cossío y Rubio, el trío representativo de lo que la Institución había de ser desde entonces: sencillamente una escuela.

Con la inauguración de la de párvulos en 7 de enero de 1885, daba comienzo la coeducación, tan deseada por don Francisco, porque en el primer curso ya se admitió a las niñas que habían de continuar en los siguientes. Pero se renunciaba a la enseñanza superior por dos motivos diversos: de una parte porque el alumnado, en estos cursos, había descendido excesivamente, pues las familias no podían proporcionar a sus hijos dos instrucciones paralelas; la privada y la estatal, ni querían exigir a aquellos el doble esfuerzo que ello suponía, y, de otra parte, por el desengaño que Giner experimentara a raíz de lo acontecido en el Congreso Pedagógico de 1882 y su convencimiento de que la reforma, por él pretendida, tenía que comenzar desde los años de la primera infancia.

Con la inauguración de las actividades docentes en el hotel del Paseo del Obelisco número 8, el sistema de clases adquirió la forma que, en lo sucesivo, ya no había de sufrir cambios sustanciales. Del horario de clases creo haber hablado ya; del sistema de comidas también.

Josep Pijoán
Mi Don Francisco Giner (1906 -1910)
Ronda, Colectivo Cultural «Giner de los Ríos», 1988

DON FRANCISCO

LLEVABA una carta para él de su hermano. El portero (un hombre viejo que después aprendí a estimar, como todo lo de aquella casa) me preguntó si prefería esperarle en el jardín. Era un jardín lleno de niños que jugaban; aquello debía ser una escuela. Me parecieron demasiados niños para tan poco jardín, pero después vi que sabían jugar con arte y decisión en aquel espacio tan pequeño. Le esperé sentado cerca de una fuente, donde los pequeños venían a beber. Me miraban con poca curiosidad, como acostumbrados a ver forasteros.
Lo vi llegar con un racimo de chiquillos por entre los árboles; debía ser él, porque traía mi carta en la mano. Era un hombre pequeñito, viejo, con cara casi vulgar; la barba recortada, dejaba ver una boca demasiado grande. Sólo los ojos —unos ojitos obscuros, tristes— sorprendían al que como yo le hablaba por primera vez. Se me acercó, y casi sin saludarme, dijo mirando la carta que traía en la mano:
—¿Y usted quién es y qué quiere hacer?
Yo respondí, diciendo:
—Si yo supiera quién soy y lo que quiero hacer, ya no estaría aquí.
Calló meditando, no sé aún si de su pregunta o de mi respuesta.
—Tiene usted razón —dijo al fin—; si supiéramos quiénes somos y lo que queremos, ¡cuántas cosas dejaríamos de hacer que ahora hacemos!
Y volvió a callar como abstraído en meditación. Entonces vi por primera vez aquel desvanecerse de su mirada, sumido casi en éxtasis; percibí uno de los silencios graves que interrumpían a cada momento la conversación, en apariencia tan alegre, de don Francisco. De pronto se sacudió, y mirándome fijamente comenzó a preguntarme por su hermano y por Barcelona. Evidentemente, no quería aventurarse demasiado con un joven extraño como yo. Aun sin querer, la conversación fue tomando interés. Yo intenté marcharme; temía importunarle robándole tanto tiempo.
—Oh, no —me dijo como resignado—; nada tengo ya que hacer; he dado mis clases por la mañana... Y, además, ya lo ve usted, estoy trabajando ahora también; estoy aprendiendo mucho con esta conversación. Unos estudian; otros escriben... Mi tragedia es tener que hablar; hablar siempre... con todo el mundo. Mi función es el hablar.

Como yo no estaba acostumbrado a la extraña coquetería espiritual de don Francisco, me quedé un poco sorprendido. Primero me decía que estaba aprendiendo hablando conmigo, después añadía que su tragedia era tener que hablar... y con todo el mundo, hasta con un pobre joven recién llegado, como yo. Me parecía que estábamos representando la escena de Mefistófeles con el aprendiz filósofo. El notó mi turbación, y reapareciendo su grande amor me obligó a explicarle algo de mi vida. ¡Qué más deseaba yo!. Como todos los jóvenes de mi edad, para una confesión así habría ido hasta el fin del mundo.


Atardecía. Los niños habían ido desapareciendo, y con el rumor de la fuente aquel jardín callado parecía de un convento. ¡Y lo era! Aquello era una escuela, y un convento, y también, como vi después, una casa, un hogar. Don Francisco quiso que subiese y entré por primera vez entonces en el salón de la Institución Libre de Enseñanza. Era una sala rectangular con dos balcones que daban a la calle. A un lado, un piano, y al otro, unos estantes de madera con libros. En las paredes dos cuadros, dos retratos de familia: uno del padre de don Francisco, con unas grandes barbas blancas, y otro de un niño de ojillos negros, que después supe era don Francisco en su infancia. Nos sentamos en unos pobres muebles, pero cómodos y cubiertos con mantas jerezanas. En comparación con lo que había visto en otras casas de Madrid, llenas de muebles caros de pésimo gusto, todo allí me parecía tan nuevo, por ser tan español. Hablamos otra vez; era singular que la conversación durara tanto. Yo no conocía aquel viejo pocas horas antes, y ya, cuánta confianza había puesto en él... Además, él insistía en retenerme.


LA OBRA LENTA PERO SEGURA

Durante toda su vida, don Francisco fue muy a menudo solicitado para intervenir de una manera directa en la cosa pública y aun en el Gobierno desde el ministerio de Instrucción. Pero él nunca quiso distraerse de su obra educadora. Murió sin haber sido ministro, ni académico, ni senador, ni consejero... ¡Nada! Nada más que un simple profesor de la Universidad.

- Hace usted mal de no venir a ayudamos en el Parlamento —le decía Salmerón—. Aquí en España, donde faltan hombres para todo, debemos cada uno de nosotros hacer como los tenderos de los pueblos, que venden jabón y libros, rosquillas y rosarios. No tiene usted derecho a hacerse un especialista en una tierra como ésta.

- Aquí todos tenemos que hacerlo todo —decía Azcárate, insistiendo en el mismo argumento—. Esto es como los teatros de a real, que para representar un ejército van saliendo las mismas comparsas vestidas de soldados por una puerta y entrando por la otra vestida de obispos.

Don Francisco les escuchaba entristecido, pero nunca consiguieron arrancarle su consentimiento. Por de pronto, él no creía en la eficacia de lo que pudiera hacerse desde el Gobierno.

- Leyes, decretos, ¿para qué? Si, como dicen ustedes,
no tenemos gente para aplicarlos.

Son bien conocidas sus frases de que si, por milagro, tuviera él que gobernar, cambiaría bien pocas cosas.

- ¿Por lo menos añadiría usted muchas que nos faltan?
- Tampoco, apenas nada... Hombres, hombres es lo que falta.

A esta labor —hacer hombres—, que él llamaba la obra lenta pero segura, estaba consagrado cuando yo le conocí, y entregado totalmente a ella murió, sin haber podido descansar ni un día.

¡Hacer hombres! La obra lenta y segura, sí..., pero también la más difícil. Porque ¿cómo hacer hombres de esta juventud, que ya se ha estropeado o amortiguado en las escuelas elementales y en los Institutos secundarios de España? Para remedio de esta urgente necesidad fue necesario cambiar gradualmente el carácter de la Institución Libre de Enseñanza.

Últimamente se enseñaba allí de todo y para todas las edades. Se preparaban unos para examinarse libremente de las asignaturas del bachillerato, al lado de pequeños cenáculos de alumnos del Doctorado que comentaban a Bergson y William James, o las ecuaciones más difíciles. En otros pabellones, alrededor del jardín, los más pequeños aprendían a leer y escribir y los rudimentos de la aritmética y del dibujo.

Esta transformación de la Institución Libre de Enseñanza debió hacerse por varios motivos. En primer lugar, los padres reeducados en la Institución no querían que sus hijos fueran a las escuelas donde ellos habían consumido los primeros años de su vida. Además, para los estudios pedagógicos se debió sentir la necesidad de tener una escuela experimental a mano, donde pudieran comprobarse los resultados de las nuevas investigaciones. En América no se concebiría hoy una Universidad sin una escuela primaria y aun una escuela superior cerca del campus.

Por fin, el Abuelo comprendía la fuerte verdad de que en la boca de los pequeños está puesta la sabiduría y debió querer que sus discípulos permanecieran en continuo contacto con las almas inocentes de los niños. A veces se veía a dos de los mayores detenerse en el jardín a contemplar un grupo de chiquitines jugando, y hacerse ambos con la mirada un elocuente comentario. Otras veces, deteniendo a un bribonzuelo que iba a pegar a otro le asediaban a preguntas, que el muchacho contestaba ceceando, pero con la cabeza bien alta y los ojos fijos.

De este modo, en aquel local tan pequeño, se juntaban varias generaciones. El Abuelo quería a menudo dar clases a los menores por una temporada, y a los chiquitines no hay que decir si les gustaban las explicaciones mágicas de don Francisco. Recuerdo que un año quiso él dar los cursos de latín, y decía que era para estudiarlo él con los alumnos del bachillerato. Cada miércoles, los que ya iban a la Universidad y no tenían otro contacto con la Institución, se reunían allí por la noche en tertulia familiar, que acababa con un breve concierto de piano. Pequeños, medianos y mayores se concertaban para excursiones, y al llegar los pequeñitos solos, bien de mañana, a la estación, eran agasajados con el mejor sitio en el tren, que debía conducirlos a todos a El Escorial o a Toledo.

Así, sin salir de aquella casa, algunos empezaron sus primeras letras, pasaron sus años de escuela secundaria y, sin desarraigarse totalmente de la Institución, terminaron sus estudios universitarios. Yo creo que no hay nada parecido en Europa, ni nada hay tampoco igual en América; deberíamos ir al Extremo Oriente para encontrar una entidad así, protegiendo y cuidando paternalmente de la formación espiritual y técnica de la juventud que se le ha confiado desde la más tierna infancia hasta la madurez.

Esta complicación de servicios con todos los grados (que diríamos usando términos pedagógicos) propuso a don Francisco y a sus compañeros problemas que trataron de resolver de la manera que ellos siempre resolvían las cosas, esto es, sin prejuicios, aceptando la solución que les ofrecía la vida misma. Por de pronto, no hubo más remedio que intentar la coeducación. Los padres la exigían. Por la misma razón que insistían en mandar allí sus hijos, querían también mandar las hijas.

La Institución fue el primer centro español que estableció, sin pretensiones, un ensayo de coeducación.

Los alumnos de la Institución, procediendo de las más distintas clases sociales, pagaban, los que pagaban, diferentes cuotas, según sus posibilidades. Por ejemplo, una vez don Francisco fue detenido en la calle por el remendón de la portería de enfrente, quien le propuso, si aceptaba a su hijo en la escuela, hacer, en cambio, todos los zapatos que fuesen necesarios.

Como la Institución no tenía sucursales —¡ni podía tenerlas!— y estaba en un barrio extremo de Madrid, fue necesario pensar en establecer un comedor y una cocinilla para calentar los almuerzos que traían los discípulos. Los mismos profesores cuidaban de vigilar que las comidas estuviesen en sazón, y si alguien llevaba un bocado extravagante, pronto aprendía a decirle a su familia que deseaba un almuerzo más ligero.

-¡ Miren, miren Periquillo —decía don Francisco—, qué perdiz con coles nos trae hoy en la fiambrera 1 ¡ Y qué vinillo blanco viene dentro de la cesta! Por la tarde no descuiden de llevarlo con música hasta su casa...

El goloso quedaba corrido, y si no se uniformaban los almuerzos con estas pullas, por lo menos se hacían más higiénicos y razonables.

Otro problema fue el del alojamiento de los que venían de fuera. Muchos ex alumnos de la Institución habían vuelto a sus casas o enseñaban en las Universidades de provincias y querían que sus hijos fueran a Madrid a aprovecharse de la vecindad de don Francisco. En la Institución no había dormitorios ni sitio para hacerlos; fue necesario que algunos profesores acogieran a los forasteros en sus casas, estableciendo así, automáticamente, un principio de régimen tutorial que dio los mejores resultados.

Pero los más delicados problemas eran, naturalmente, los de la educación misma. Ya hemos dicho que don Francisco quería hacer hombres, no intelectuales; su deseo era formar un grupo —¡ay, diré casi un grupito!— de hombres cultos, bien españoles y bien dispuestos para la vida moderna, lo cual parece cada día más difícil.

Yo no pretendo hacer aquí una exposición de las ideas de don Francisco en todos los problemas pedagógicos: tengo un miedo horrible a los pedagogos de profesión, y aun recelo que en algunas cosas podría estar en desacuerdo con los propios escritos del Abuelo, quien en su larga vida fue exponiendo y analizando todo lo que era una novedad en el mundo científico. Supongo que algún día se escribirá por algunos de sus discípulos un monumental infolio acerca de las ideas pedagógicas de don Francisco Giner de los Ríos... ¡hasta dividiendo su pensamiento en dos o tres épocas!, la época romántica, la época krausista, su naturalismo final, etcétera, etc. Pero como yo no soy un técnico en estas materias, no pude percibir krausismo ni romanticismo en don Francisco Giner, ni nada que fuera para él doctrina infalible. Era para mí y para todos los de mi generación simplemente el Abuelo, el padrecito bueno que cuidaba de nuestras almas y se preocupaba de hacernos hombres, en el más alto sentido de la palabra

Natalia Cossío, «Mi mundo desde dentro»
En el centenario de la institución Libre de Enseñanza
Madrid, Tecnos, 1977

Con emoción profunda me encuentro hoy en esta casa, que nos ofrece tan generoso apoyo, para conmemorar el primer Centenario de la fundación de la Institución Libre de Enseñanza.

Conozco esta casa desde 1911, cuando nuestra inolvidable amiga doña Susana Huntington —más tarde Mrs. Vernon— la presidía tan inteligentemente. Son años lejanos, pero siguen siendo muy vivos para mí, y deseo agradecer de todo corazón al Instituto Internacional su hospitalidad para con la Institución Libre de Enseñanza y todo lo cercano a ella. Desde el día en que doña Susana se puso en contacto directo con don Francisco Giner, con mi padre, Manuel B. Cossío, y con mi marido, Alberto Jiménez, este contacto con personas de la Institución no se ha interrumpido jamás.

¿Cuántos años trabajó Jimena Menéndez Pidal en esa casa, donde comenzó su extraordinaria obra educativa? ¿Y cuántas mujeres de la Institución encontraron aquí amparo y medios de vida?

A la Presidenta de la Asociación de Mujeres Universitarias —entidad también acogida generosamente por el Instituto Internacional— y al Comité organizador de este homenaje quiero dar asimismo las gracias por haberme invitado a acompañarlas.

Mi mundo desde dentro, como llamé a la charla que di en el Ateneo hace unos meses, no se limita a mi vida en el paseo del Obelisco, número 8 —como entonces en mi infancia y juventud se llamaba—, en cuyo edificio existe el grupo escolar que se llamó Joaquín Sorolla y ahora Eduardo Mar- quina, bien abandonado, por cierto. Por Institución no hay que entender sólo ese edificio, sino, naturalmente, las personas que le dieron alma y ser y las que continuaron su obra en España y allí donde estuvieran.

Uno de mis más intensos recuerdos es siempre el de la casa en que nací —parte también de la Institución—, ya que en ella se encontraba aquel día don Francisco Giner de los Ríos y es la casa donde él pasó casi todos los veranos de su vida desde 1890 y yo con él y con mis padres. Uno de los pocos veranos —el último, en 1914— que no pasó allí don Francisco, porque ya su tan delicada salud no le permitió el largo viaje a Galicia, fue el que pasó don Francisco con parte de su familia espiritual, la de don Ricardo Rubio, en una casa de San Rafael, que pertenecía a los Menéndez Pidal. Allí estaba Jimena, niña de catorce años, y no es extraño, pues, que, pasando el tiempo, Jimena Menéndez Pidal continuara brillantemente la tradición educativa de don Francisco y en esta casa en que hoy nos encontramos; tanto en la época en que se albergó aquí el Instituto-Escuela cuanto en la que acogió al Colegio Estudio fundado por ella tras la guerra civil. En mis largos veinticinco años de Oxford, la llegada a nuestra casa de un joven de Estudio era una delicia. ¡Hablábamos la misma lengua!

Gracias a haber vivido en aquel ambiente de la Institución, mi infancia y mi adolescencia fueron completamente felices. El especial ambiente de la casa del Obelisco lo describe, en pocas palabras —y yo no podría hacerlo mejor— mi marido, Alberto Jiménez, en su libro sobre la Universidad española.

«Más de treinta años después de haber empezado la Institución su labor de reforma universitaria, un famoso crítico de arte alemán llegó a España en pos de Velázquez y tuvo la revelación de El Greco. Al volver a Berlín publicó un libro de impresiones sobre su viaje. Habla en él de la primera visita que hizo a Cossío en la casa de la Institución... Describe ingenuamente su sorpresa al encontrarse con cosas y personas que no eran las de la leyenda.»

«La misma llegada a la casa del Obelisco —era una quinta de mediados del XIX de los alrededores de Madrid—- le sorprende. Ya dentro de la casa la atmósfera le parece poco española. Hay algo, dice, 'alado y claro', algo norteño en la sencillez y maneras de aquellas gentes. Merienda y pasa unas horas con un grupo de profesores. La conversación versa -cuenta el viajero- sobre Dehmel, Flaubert, el Kayser, Helmholz, Justi, Strauss, Cézanne y André Gide, la educación moderna y la teoría de los colores de Goethe, temas todos tocados en passant, sin esfuerzo, sin pretensiones, con la cortesía con que personas bien educadas responden a las preguntas de los visitantes. Hay, pues, una España europea —añade—; cuál sea su extensión no puede aún decirlo, pero quizá sea más dilatada que las compactas minorías que marchan el frente de la cultura. 'Esta es la verdadera cultura y sin su fraseología', exclama con sorpresa.»

Lo que no podía sospechar el visitante, sigue escribiendo mi marido,

«era que se encontraba en el laboratorio donde se acometía la reforma universitaria, una reforma no abstracta, sino acomodada al estado de conciencia a que las clases universitarias y, en general, la opinión pública habían llegado respecto a la necesidad de cambio».

Aquella casa, como escribe el crítico alemán Julius Meier-Graefe, era alada y clara. La parte norte, de clarísima luz y bellas proporciones. Yo no puedo olvidar aquella luz tan clara, tan blanca. Como daba al norte, y enfrente no había todavía casas, sólo había un inmenso campo sembrado de cebada que en junio se cubría de amapolas, era muy fría. En medio de la sala había una enorme estufa de hierro, casi como una cocina, porque tenía un horno, construida en Charleroi, y su inmensa chimenea llegaba hasta el altísimo techo. Aunque la estufa daba algún calor, la sala era fría pero acogedora y abierta a todas las tendencias. Como dijo mi padre:

«...era una casa nacida al calor de la libertad, amparadora de todas las almas, y que jamás se ha sentido llevada a encender la discordia...»

Allí había un contacto inmediato con los más finos estados de conciencia de grupos y regiones de toda la península. Estos variados contactos sociales, escribe mi marido:

«empezaban muy de mañana en el comedor que Giner y Cossío compartían. Invitadas al desayuno siempre había algunas personas cuyos consejos y opiniones se deseaba oír. La conversación se prolongaba animada y densa hasta el último minuto en que había que salir a emprender las tareas universitarias. Muchas veces este temprano yantar era como una revelación para algún joven recién llegado de provincias y a quien el aspecto del cuarto, la mesa y los mismos manjares iniciaban en mil secretos peninsulares.»

«Aquí todo es de algún sitio, decía un poeta catalán —por cierto, Pijoán, más conocido como crítico de arte—, y es que sobre mantelerías de Padrón veía vidrios catalanes y fuentes de Alcora y le ofrecían pan de Colmenar, cecina y manteca de Villablino y unas afreitas gallegas de las Mariñas de Betanzos. Lo atractivo era que el despliegue de productos naturales e industriales españoles no era didáctico, ni encubría afectación alguna, sino natural respuesta al continuo contacto y cordial atención que aquellos hombres mantenían con la vida entera española. El amor exagerado (si así puede calificarse) de estos hombres por cuanto con España se relacionaba hubiera podido caer en estrecho nacionalismo de no mantenerse en íntimo contacto con los estímulos de fuera, tomando de ellos cuanto pudiese enriquecer los valores españoles.»

Las habitaciones al mediodía de la casa estaban llenas de vivísima luz y daban sobre el jardín, con su hermoso y alto nogal, su frondosa morera, el tejo, rodeado de evónimus; la gran acacia, frente al frontón; las adelfas rosas y blancas, los granados con sus ramas como de coral, los tres lilos debajo de nuestros balcones, los rosales blancos trepadores que cubrían los muros de varias clases, las hiedras que rodeaban el arco románico de la clase del fondo, el jazmín amarillo que cubría parte del muro que separaba nuestro jardín del de las monjas y el inmenso rosal de pitiminí que tapaba corno un techado gran parte del jardín. También había una parra a lo largo del muro de las monjas y parte de ella se arrancó al construirse el precioso pabellón Mac Pherson, creo que desaparecido hoy. No recuerdo que la parra diese uvas, pero quizá cuando no estábamos allí, en septiembre, las diera. Era un jardín encantador, lleno de árboles, flores, niños y pájaros. Un jardín muy castellano, sin césped, que con la escasez de agua no prospera.

En este jardín, en medio de árboles y flores, jugaban los niños que tuvieron la dicha de ir a la Institución. No creo que haya existido en Madrid y en aquella época, durante casi sesenta años, una escuela tan llena de verdor y tan limpia. ¡Y qué profesores tan extraordinarios tuvimos allí cuando éramos párvulos ...! Uno —no tengo más remedio que mencionar su nombre— fue don Germán Flórez, que dedicó toda su vida a Ios pequeños. Compenetrado con él desde sus años universitarios, practicó lo que escribía mi padre:

«No deis a vuestro alumno ninguna lección verbal; no la debe recibir más que de la experiencia. Lo más importante, la regla más útil de todo educador, no es ganar tiempo, es perderlo. Que el niño corra, que tropiece, que caiga cien veces al día. tanto mejor; aprenderá más pronto a levantarse. El bienestar que proporciona la libertad cura muchas heridas. El solo hábito que no se debe dejar tomar al niño es el de no contraer ninguno.»

En aquel jardín, en aquella sala «alada y blanca» se movía don Francisco con una elegancia natural y un saber mundano que añadían una fina gracia física al encanto de su gracia espiritual.

Mi padre le describe así:

«Pequeño, enjuto y en movimiento perpetuo, coronado de una nobilísima cabeza grande, con cara algo alargada, ojos castaños, de una extraordinaria mezcla, según los momentos, entre bondadosos y agresivos, barba en punta, espesa y dura, que fue blanca desde los cuarenta años, y hasta entonces negra, como el pelo, que perdió muy joven. En conjunto, en color y en estructura, si se descuenta la energía de sus rasgos, recordaba a los santos de Ribera.»

Mi padre era guapísimo, más alto que don Francisco, rubio, ojos de azul intenso, lleno de encanto y simpatía. Antonio Machado es la persona que mejor ha descrito su gesto al compararlo con el marqués de Spínola en el cuadro de «Las lanzas».

En la casa del Obelisco, 8, vi y conocí desde que nací a la plana mayor de los famosos krausistas. A Salmerón, tan majestuoso; a Moret, presidente de la Institución hasta su muerte; a don Gumersindo de Azcárate, tan elegante, tan distinguido y tan guapo; a don Juan Uña, guapísimo también. Luego, en la segunda generación, la de los que habían sido los primeros alumnos: don Ricardo Rubio, a quien siempre llamé tío (era como un hermano de mi padre); don Germán Flórez, que llegaba todos los días antes de las nueve y subía al comedor y era otro hermano espiritual suyo, y tantos otros.

Allí vi desde mis primeros años a los que podríamos llamar la tercera generación de la Institución, los que habían empezado a ir a la escuela desde niños de siete años: Julián Besteiro, Manuel Pedregal, los hermanos Villalba, el marqués de Palomares, los ingenieros Cebada, Lorite, Portuondo, el doctor García del Real y, claro, a tres hermanos Machado: Manuel, Antonio y Pepe, el pintor. A Antonio le vi más cuando colaboraba con mi padre en las Misiones Pedagógicas, y a Pepe porque daba clase de dibujo en la Institución. Más tarde llegó una cuarta generación, hacia primeros de siglo. No se había educado en la Escuela. Venían de la clase del doctorado de don Francisco. Uno, su sobrino Fernando de los Ríos, rondeño como él; los hermanos Barnés, Ricardo de Orueta, crítico de arte y escultor; Luis de Zulueta, Federico de Onis, José Castillejo, que fue luego el magnifico secretario de la Junta de Ampliación de Estudios, y, algo más jóvenes que éstos, Américo Castro, Manuel García Morente, Alberto jiménez... Muchos de ellos, si no casi todos, eran andaluces. Juan Ramón Jiménez, a quien podríamos considerar como de la Institución, nos frecuentaba mucho... En fin, la casa estaba llena de gente desde la hora del desayuno. Siempre había alguien en la sala con don Francisco, muchas veces miembros de su familia —si estaban en Madrid— como su hermano don Hermenegildo o su primo el médico don Alberto Giner, director de una institución modelo que existía en El Pardo; sus amigos como el doctor Simarro y el pintor Sorolla y los alumnos de su clase; o arqueólogos como don Ricardo Velázquez, Gómez Moreno, etc., y viejos discípulos que venían de sus provincias a consultarle sus problemas. Era una casa viva, llena de amigos nuevos, jóvenes y antiguos. Había invasiones catalanas con Pijoán a la cabeza, entonces joven encantador; invasiones alicantinas con los hermanos Soler; sevillanas, extremeñas, leonesas con don Francisco Sierra Pambley, fundador de tantas escuelas en la provincia de León y en la de Zamora... y el gran grupo astuariano que en los últimos años ya estaba en Madrid, como Posada, Buylla, Altamira, Sela... Una casa así no creo que haya existido jamás en Madrid y sobre todo en aquellos años entre 1900 y 1915, cuando murió don Francisco. Aquel día vi entrar en la casa a tantos desconocidos para mí, hombres hechos y derechos, llorando...

Muchas generaciones de alumnos de la Institución tuvimos la gran suerte de vivir cerca de estos hombres admirables en tantos sentidos y de sus devotos colaboradores, y me llena de alegría e ilusión ver cómo se ha despertado ahora entre la gente joven, que no los conoció, el gran interés —que por dicha no está muerto— por ellos y por su obra, en la Casa de la Institución y fuera de ella: en la Universidad, en el Museo Pedagógico, en la Junta para Ampliación de Estudios, en las Residencias de Estudiantes y de Señoritas, en los grandes grupos escolares y por toda esa España en que sus enseñanzas florecieron hasta en los lugares más insospechados y remotos.

Antonio Jiménez-Landi
Manuel Bartolomé Cossío una Vida ejemplar (1857- 1935]
Alicante, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1989

I

Nuestro padre nos llevaba de paseo, todas las tardes, cuando hacía buen tiempo, a mi hermano, cogido a su mano izquierda, y a mí, apretándome la derecha.


Desembocábamos en el Paseo de Rosales, por detrás del Cuartel de la Montaña, y, de pronto, un señor que iba por la acera opuesta, cruzó la calzada y se vino hacia nosotros, saludó a mi padre con familiar cariño y le preguntó cuándo iba a llevarnos a la Institución a mi hermano y a mí.

La imagen de aquel señor se me quedó grabada, y no creo que por su alusión a la escuela, que, yo me figuraba, entonces, como algo aterrador, sino por la misma imagen de la persona.

Mi padre nos explicó: era el señor Cossío, un maestro suyo que también había de serlo nuestro.

Al año siguiente, mi padre nos llevó a la Institución. Y la figura del señor Cossío empezó a serme familiar. Aunque no daba clase a los niños pequeños, le veíamos cruzando el jardín, para hablar con nuestros profesores... y notábamos que todos ellos sentían por él una mezcla de cordialidad y de veneración.

Cuando me pasaron a una de las clases superiores, la figura del señor Cossío fue adquiriendo rasgos más definidos para mí. Los maestros que nos daban clases diariamente nos transmitían algo así como un eco suyo: Ha dicho el señor Cossío... el señor Cossío tiene muchas ganas de daros clase; pero no puede ...

Alguna vez pudo, y el recuerdo de aquellos tres cuartos de horas de clases, perduran en la memoria de cuantos asistimos a ellas.


II

Las ventanas se abrían al norte, y, alguna vez, durante la clase, los ojos se nos iban hacia ellas para ver el jardín, iluminado por el sol, que a nosotros no nos daba. Pero, aquel día, no había lugar a ninguna distracción, atraídos por la palabra del maestro. Por fin, el señor Cossío se dirigía a nosotros. La estancia no podía ser más austera: muros blancos, zócalo verde oscuro, un encerado al fondo, los pupitres a un lado y otro del paso que dejaban en medio, y, aquí, la estufa de carbón, cuyo tubo subía al techo verticalmente; un pequeño armario bajo, pintado de gris, y, una balda a guisa de rinconera. Bajorrelieves de escayola reproduciendo un trozo del friso del Partenón y los grotescos de la puerta de entrada al Colegio de San Ildefonso, en Alcalá de Henares, colgaban de las paredes, más algunas fotografías de cuadros y monumentos. La más pequeña de todas estaba entre el encerado y la rinconera. En ella se fijó el señor Cossío para preguntarnos quien de nosotros sabía lo que representaba. No lo sabíamos ninguno de los presentes, que éramos catorce o dieciseis alumnos.
El señor Cossío nos lo explicó: representaba la gran chimenea del Palacio de Justicia de Bruselas. Y, con la chimenea como punto de partida, comenzó una clase llena de atractivo, de sugerencias.

Cossío tendría, entonces, unos sesenta y siete años; era más bien alto, delgado, pero, en apariencia, fuerte. Sus actitudes eran sencillas, elegantes, y la expresión de su rostro sumamente atractiva; de ojos azules, que nos miraban con fijeza y benevolencia a la vez, y las mejillas más enrojecidas de lo que es normal; el cabello y la barba, recortada, casi del todo blancos. Pero lo verdaderamente original era su voz. Diríase de ella que tenía, como los buenos órganos, los más varios registros adaptados, admirablemente, al tema de la conversación. La palabra fluía, con naturalidad, en sus labios, o parecía salir de lo más profundo de su pensamiento. Había tonos en la escala normal que, al acabar la frase, descendían a los graves, y aun bajos. Entonces, la última palabra, templada, prolongábase en una especie de estela sonora decreciente (1). El gesto se identificaba con la voz, y, unas veces era vibrante y luminoso y, otras, casi melancólico y apagado. Cuando escuchaba subía las cejas, frunciendo la frente, y su mirada mostrábase expectadora y comprensiva. Una de las características de su idiosincrasia era la efusión, detrás de la cual se escondía una sensibilidad a flor de piel. Era sumamente captativo: un fino psicólogo.

V

La sala de don Francisco estuvo presidida, durante muchos años, por un cuadro, de escuela andaluza, que representaba a la Virgen con el Niño Jesús en brazos, y otra pintura, también de María con el Niño —de escuela flamenca y mucho mejor que la citada anteriormente—, pendía en la pared del gabinete de doña Carmen, la esposa de Cossío. En una de las clases de la Institución, en el testero del fondo, a uno y otro lado del encerado, había sendas fotografías de madonnas. Una de ellas era la famosa de San Sixto, pintada por Rafael.

Recordaba José María de Cossío, que, cuando murió Giner, y Antonio Machado envió a la Institución la poesía dedicada al maestro, su tío, comentando uno de los versos del poema, dijo: ¿Y por qué no han de sonar, también, las campanas, si las campanas son el espíritu?

En el de Cossío, adogmático, podían alojarse todas las manifestaciones que proporcionaran, a ese espíritu, consuelo, goce y elevación.


VII

Volviendo los ojos hacia la figura de Cossío, una de las cosas que yo más le admiraba era su enorme voluntad para mantener una actitud entusiasta ante la vida, para asumir el dolor, sin rechazarlo —su vida familiar fue un constante drama—, para no entregarse, jamás, al desánimo, ni a las apariencias, ni a las opiniones del momento, ni a la vulgaridad, ni, por descontado, a violencia ninguna.
Era un hombre austero, que impulsaba al goce legítimo; transigente, humano, comprensivo, responsable, y algunos de estos rasgos de su psicología se reflejaban en el aspecto del propio hogar. La sala puede servirnos de ejemplo. En ella conservaba algunos muebles de don Francisco: el piano, la mesita baja, el tresillo tapizado con telas populares de colores vivos, el sillón Voltaire, con igual tapicería, un armarito bajo, de pino, pintado de ocre; el sofá y las sillas con asientos de anea. Esta sillería era sumamente modesta, la ya clásica de respaldos con paligotes torneados, que se veía en los hogares humildes. Pero junto a este ajuar de clase media, dos paisajes de Beruete: la sierra de Guadarrama y Toledo, y un boceto, y dos retratos de Sorolla: el de Giner y el suyo. Y lo curioso era que el contraste no desentonaba, sino que ponía en la habitación el sello de quien lo vivía: austeridad, por una parte; calidad y belleza por la otra. El arte, como tesoro espiritual —no como inversión crematística—, es perfectamente compatible incluso con la modestia material.

Y la mesa frailera, antigua, y, sobre ella, la talla de San Juan ante la cruz, gótica del siglo XIII, y los pañitos de tejidos populares, y la jarra de loza, también popular, con un ramo de jaras o de cantuesos de la Sierra o del Pardo. No podía faltar, en aquella habitación, el retrato de un niño —el del propio Giner, de fina factura casi romántica—, y cubriendo una pared, la estantería de pino, llena de libros...

Pues, siendo todo tan castizamente español, parecía, al profano, que penetraba en un hogar extranjero. Ésta era la silenciosa lección de aquel ajuar, que también enseñaba: ¿No buscan ustedes a Europa y lo europeo? Pues aquí está. Sólo falta saber mirarlo.

Este aprender a ver fue el tema de uno de los primeros trabajos de Cossío, trabajo que sintetiza el contenido de su pedagogía toda.

Lo publicó el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza en 1879, cuando Cossío, a sus veinte años, tenía ya un pie en el estribo, para marchar a Bolonia.

 
   

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