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SELECCIÓN DE
RESEÑAS SOBRE LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA
ÍNDICE
1. Antonio Jiménez-Landi,
La ILE y su ambiente, III Período escolar (1.881-1.907), Madrid,
Ministerio de Educación y Cultura, 1.996.
Historia de los comienzos de la ILE y su ambiente.
2. Josep Pijoán, Mi Don Francisco
Giner (1.906-1.910), Ronda, Colectivo Cultural «Giner de los Ríos»,
1.998.
Primer encuentro descriptivo de Pijoán en la ILE. Transformación
del carácter de la ILE. Diferentes edades conviven en el mismo
edificio.
3. Natalia Cossío, «Mi
mundo desde dentro», En el centenario de la Institución Libre
de Enseñanza, Madrid, Tecnos,1.977.
Describe el especial ambiente de su estancia en la ILE a propósito
del primer centenario de la fundación.
4. Antonio Jiménez-Landi,
Manuel Bartolomé Cossío una vida ejemplar (1.857-1.935),
Alicante, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1.989.
Manuel B. Cossío como profesor de la Institución
Antonio Jiménez-Landi
La ILE y su ambiente, III Periodo escolar (1881 - 1907)
Madrid, Ministerio de Educación y Cultura, 1996
II. EL HOTEL DEL PASEO DEL OBELISCO
Reunida la Junta Directiva de la Institución el 7 de julio de
1887, acordó la compra del hotel que ya tenía arrendado.
El acta correspondiente dice así:
Discutidos de nuevo ampliamente los inconvenientes y las ventajas de
adquirir un local e informada la Junta, tanto del dictamen del Arquitecto
señor Repullés, facilitado por el dueño de la casa,
señor D. Jesús Antonio de Noguerol, cuanto del informe pericial,
hecho minuciosamente sobre el terreno por los señores arquitectos
socios de la Institución don Joaquín Kramer, don Emilio
Rodríguez Ayuso, y don José María Laredo, la Junta
acuerda por unanimidad la compra de la casa número 8 del Paseo
del Obelisco, propiedad de don Jesús Antonio Noguerol, en la cantidad
de ciento quince mil pesetas, sin contar el agua que será objeto
de un contrato particular, para la compra de su propiedad ó para
el arrendamiento anual de la misma. (...) El Presidente y Secretario quedan
autorizados para ultimar y resolver por sí, y en representación
de la Junta, todos los pormenores del contrato de adquisición de
la casa número 8 del Paseo del Obelisco... etc.
En la escritura de compraventa la finca objeto de la misma se describe
del modo siguiente:
Finca urbana.-Una casa, situada en esta Corte, antiguo segundo cuartel
hipotecario, hoy del Norte, barrio de Chamberí, Paseo del Obelisco,
señalada con los diez y doce antiguos, ocho moderno, de la manzana
sesenta y seis, que toda ella linda: por Norte por el Lirismo Paseo; Mediodía,
con terrenos del Excmo. Sr Conde de Begamar; Oriente, con casa de doña
Zoíla de la Palma, y Poniente, con otra de D. Santiago Gómez
Segura, comprendiendo toda la posesión veinte mil seiscientos noventa
y cuatro pies y tres cuartos cuadrados, equivalentes á mil seiscientos
seis metros, sesenta y dos centímetros cuadrados.
Esta finca constituye una posesión de recreo, constando de la
habitación, con fachada de cinco huecos al Paseo, y su jardín,
donde hay otros dos cuerpos de edificio; la forma de su área total,
es un polígono irregular de seis lados de los que el de la fachada
mide veinte metros noenta y cinco centímetros, la medianería
derecha, sesenta y un metros, diez milímetros, y el testero treinta
metros y treinta centímetros, cuya diferencia con la fachada según
el título, es debiada además del desviaje á un martillo
que forma el solar en la medianería izquierda. Compónese
esta finca de un cuerpo anterior de edificación en la longitud
de la fachada, y á continuación está el jardín
con varias dependencias, teniendo en l aparte anterior a dicho martillo,
otro edificio que contiene capilla, y en el testero hay una crugía
de mil trescientos ochenta y seis pies de área, donde se hallan
situadas en planta baja, la cuadra, cochera, y pajera, y en planta principal
habitaciones de criados. El agua del canal de Lozoya, con que está
dotada esta casa, no es objeto de este contrato.
Efectivamente, el señor Noguerol había rebajado el precio
inicial de 26.000 duros a la cantidad de 23.000; pero haciendo constar,
que en esta cifra no entraba la propiedad del agua a la que la finca tenía
derecho.
El edificio principal tenía sendas fachadas, al Paseo del Obelisco
y al jardín, y dos plantas habitables. En la baja se instalaron
la secretaría, la biblioteca y la vivienda del portero, la primera
presidida por el busto de don Julián Sanz del Río, hecho
en escayola por Grájera. En la segunda planta se dió casa
a don Francisco y a Cossío.
Colgaban de los muros de la escalera una vista fotográfica de
la Alhambra, un bajo relieve de arte griego, y un recuadro de azulejos
en el que se leía:
Nao ha nada mais penoso
para homen ocupado
seja publico ou privado
que a vista do ocioso
Tratábase de un obsequio de don Bernardino Machado a Giner y a
Cossío.
El portal se abría directamente al jardín, del que le separaba
una cancela de hierro. En uno de los muros de aquél, sobre un banco
negro, de madera, veíase la ampliación de una fotografía
representando al famoso San Jorge, de Donatello, que orna la Catedral
de Florencia. En el opuesto muro, colgaban la fotografía, semejante,
del Colleone de Verrocchio, sobre otro banco parejo del anterior, y unas
tablillas -castillos y leones- procedentes del Monasterio de Sahagun.
Dos grandes librerías de pino, acristaladas, a derecha e izquierdas
completaban la decoración.
En un artículo de Arcimís acerca del modesto Observatorio
astronómico y meteorológico montado por él en la
Institución, don Augusto nos informa sobre algunos detalles del
entorno: Las construcciones á su alrededor -escribe-, son escasas
y se encuentran á una distancia suficiente para que su influjo
pueda considerarse nulo: pero no es dable decir lo propio del edificio
de la Institución compuesto del ala de la fachada y de otro rectángulo,
que le es paralelo, en el fondo del jardín, para no hacer mención
de algunas construcciones de menor importancia en la parte oriental.
Sabemos también por el propio Arcimís, que una de las construcciones
menos importantes era el gallinero y que las tapias medianeras, a este
y oeste de la finca tenían escasa altura. La cual se conservaría
invariable por la parte oriental; pero no así en la opuesta, porque
las religiosas propietarias de solar y edificio colindantes levantaron
una pared de gran altura, se decía -no sé si malévolamente-
para evitar a sus discípulas toda posible contaminación
con la heterodoxia de los vecinos. Porque, pocos años después,
las fincas de doña Zoíla y de los señores conde de
Begamar, y Gómez de Segura, fueron adquiridas por órdenes
monásticas femeninas.
Del primitivo jardín de la Institución llegaron a nuestros
días unos cuadros de recortados aligustres, en cuyo centro crecían,
pobremente, las víncas y unos pocos árboles, sin duda los
mismos de cuando la finca se compró: también aligustres,
pero repartidos sin orden aparente; un hermoso nogal apuntalado para que
su excesiva inclinación no lo desplomase; una morera; una higuera,
y una hermosa acacia pegada a la tapia medianera de saliente. Recordemos
a la adelfa, al lilo blanco, a la punzante pita y, sobre todo, al tejo,
situado frente a la fachada del edificio principal, y el cual debió
de ser plantado con posterioridad.
Por las susodichas tapias de occidente, incluida una parte de la construcción
del fondo, crecía una tupida hiedra, símbolo clásico
de la poesía menor. Unos pasos antes, la sencilla armadura de hierro
que sostenía el tronco y los sarmientos de una mezquina parra.
En un esquinazo de la excapilla, un rosal trepador que se cuajaba de flor
blanca en primavera.
El solar podía, pues, describirse como la unión de dos
cuadriláteros, formando una L, cuyas líneas de longitudes
máximas fuesen perpendiculares, de Norte a Sur el primero -el que
daría al Paseo del Obelisco-, y de Este a Oeste el segundo. En
la conjunción de los dos, y del lado Este de la misma, se levantaba
la capilla, una edificación muy modesta, en dos cuerpos unidos
y techada con teja negra, plana, lo mismo que el edificio principal. Los
nuevos propietarios instalarían allí el laboratorio de física
y química.
La escritura de compraventa se extendió en la notaría del
ya citado socio de la Institución don José Gonzalo de las
Casas y Quijano el 19 de julio de 1887. Por parte de la sociedad compradora
firmó el Excmo. señor don Segismundo Moret y Prendergart,
mayor de edad, de estado casado, Abogado y actualmente Ministro de Estado,
etc. (...) y en calidad de vendedor el señor don Jesús Antonio
Noguerol y Soto, de sesenta y tres años, viudo, militar retirado.(...).
Don Jesús Antonio Noguerol había heredado la finca de su
mujer, doña María Teresa de Aizpurúa, y esta señora,
de su padre don José Antonio de Aizpurúa Casamayor, quien,
a su vez, la había comprado, en 1 de febrero de 1873, a don José
Gil Dorregaray, un caballero carlista pariente próximo del general
de la misma ideología don Antonio Dorregaray el que puso cerco
a Bilbao.
Pero antes, la finca había pertenecido a doña Antonia Silvela
y de la Vielleuse, e inmediatamente después, a su viudo don Valeriano
Casanueva. Las cargas que habían pesado sobre el inmueble durante
este tiempo estaban todas canceladas.
Figuran como testigos de la compraventa don Hermenegildo Giner de los
Ríos y don Mariano Alejandre Oliveros.
La Institución había sido siempre tan respetuosa con todo,
que las iniciales de don José Dorregaray (J-D) permanecieron años
y años grabadas en los vidrios de colores que tenía el montante
de la puerta del jardín, sin que nadie se explicara la relación
que podía existir entre aquellas letras y la fundación gineriana.
A la finca descrita la Institución le añadió, muchos
años más adelante, dos pabellones, uno para las clases de
párvulos y primaria, a continuación de la antigua capilla,
y con fachada a mediodía, y otro a lo largo del muro occidental
del jardín para albergar a la sección segunda y al laboratorio
Macpherson. De las circunstancias que rodearon a este edificio me ocuparé
más adelante. Fue durante la ocupación de la Institución
por el Estado, a partir de 1939, cuando se derribaron el pabellón
de química -la antigua capilla-, y las construcciones del fondo
del jardín, en la medianería sur de la finca, sustituyendo
a estas últimas un pabellón nuevo. De los árboles
y plantas del jardín sólo se salvaron la acacia y un aligustre.
Los restantes fueron talados, hasta quedar el solar completamente falto
de vegetación. Pero de esta hecatombe forestal es prematuro hablar
ahora.
Prefiero evocar el jardín corno le vivimos de niños, con
su luz viva tamizada por los árboles y el fondo oscuro de las hiedras.
Este fue el marco en el que la Institución desarrolló su
gran labor educadora, donde vivieron Giner, Cossío y Rubio, el
trío representativo de lo que la Institución había
de ser desde entonces: sencillamente una escuela.
Con la inauguración de la de párvulos en 7 de enero de
1885, daba comienzo la coeducación, tan deseada por don Francisco,
porque en el primer curso ya se admitió a las niñas que
habían de continuar en los siguientes. Pero se renunciaba a la
enseñanza superior por dos motivos diversos: de una parte porque
el alumnado, en estos cursos, había descendido excesivamente, pues
las familias no podían proporcionar a sus hijos dos instrucciones
paralelas; la privada y la estatal, ni querían exigir a aquellos
el doble esfuerzo que ello suponía, y, de otra parte, por el desengaño
que Giner experimentara a raíz de lo acontecido en el Congreso
Pedagógico de 1882 y su convencimiento de que la reforma, por él
pretendida, tenía que comenzar desde los años de la primera
infancia.
Con la inauguración de las actividades docentes en el hotel del
Paseo del Obelisco número 8, el sistema de clases adquirió
la forma que, en lo sucesivo, ya no había de sufrir cambios sustanciales.
Del horario de clases creo haber hablado ya; del sistema de comidas también.
Josep Pijoán
Mi Don Francisco Giner (1906 -1910)
Ronda, Colectivo Cultural «Giner de los Ríos», 1988
DON FRANCISCO
LLEVABA una carta para él de su hermano. El portero (un hombre
viejo que después aprendí a estimar, como todo lo de aquella
casa) me preguntó si prefería esperarle en el jardín.
Era un jardín lleno de niños que jugaban; aquello debía
ser una escuela. Me parecieron demasiados niños para tan poco jardín,
pero después vi que sabían jugar con arte y decisión
en aquel espacio tan pequeño. Le esperé sentado cerca de
una fuente, donde los pequeños venían a beber. Me miraban
con poca curiosidad, como acostumbrados a ver forasteros.
Lo vi llegar con un racimo de chiquillos por entre los árboles;
debía ser él, porque traía mi carta en la mano. Era
un hombre pequeñito, viejo, con cara casi vulgar; la barba recortada,
dejaba ver una boca demasiado grande. Sólo los ojos —unos ojitos
obscuros, tristes— sorprendían al que como yo le hablaba por primera
vez. Se me acercó, y casi sin saludarme, dijo mirando la carta
que traía en la mano:
—¿Y usted quién es y qué quiere hacer?
Yo respondí, diciendo:
—Si yo supiera quién soy y lo que quiero hacer, ya no estaría
aquí.
Calló meditando, no sé aún si de su pregunta o de
mi respuesta.
—Tiene usted razón —dijo al fin—; si supiéramos quiénes
somos y lo que queremos, ¡cuántas cosas dejaríamos
de hacer que ahora hacemos!
Y volvió a callar como abstraído en meditación. Entonces
vi por primera vez aquel desvanecerse de su mirada, sumido casi en éxtasis;
percibí uno de los silencios graves que interrumpían a cada
momento la conversación, en apariencia tan alegre, de don Francisco.
De pronto se sacudió, y mirándome fijamente comenzó
a preguntarme por su hermano y por Barcelona. Evidentemente, no quería
aventurarse demasiado con un joven extraño como yo. Aun sin querer,
la conversación fue tomando interés. Yo intenté marcharme;
temía importunarle robándole tanto tiempo.
—Oh, no —me dijo como resignado—; nada tengo ya que hacer; he dado mis
clases por la mañana... Y, además, ya lo ve usted, estoy
trabajando ahora también; estoy aprendiendo mucho con esta conversación.
Unos estudian; otros escriben... Mi tragedia es tener que hablar; hablar
siempre... con todo el mundo. Mi función es el hablar.
Como yo no estaba acostumbrado a la extraña coquetería
espiritual de don Francisco, me quedé un poco sorprendido. Primero
me decía que estaba aprendiendo hablando conmigo, después
añadía que su tragedia era tener que hablar... y con todo
el mundo, hasta con un pobre joven recién llegado, como yo. Me
parecía que estábamos representando la escena de Mefistófeles
con el aprendiz filósofo. El notó mi turbación, y
reapareciendo su grande amor me obligó a explicarle algo de mi
vida. ¡Qué más deseaba yo!. Como todos los jóvenes
de mi edad, para una confesión así habría ido hasta
el fin del mundo.
Atardecía. Los niños habían ido desapareciendo, y
con el rumor de la fuente aquel jardín callado parecía de
un convento. ¡Y lo era! Aquello era una escuela, y un convento,
y también, como vi después, una casa, un hogar. Don Francisco
quiso que subiese y entré por primera vez entonces en el salón
de la Institución Libre de Enseñanza. Era una sala rectangular
con dos balcones que daban a la calle. A un lado, un piano, y al otro,
unos estantes de madera con libros. En las paredes dos cuadros, dos retratos
de familia: uno del padre de don Francisco, con unas grandes barbas blancas,
y otro de un niño de ojillos negros, que después supe era
don Francisco en su infancia. Nos sentamos en unos pobres muebles, pero
cómodos y cubiertos con mantas jerezanas. En comparación
con lo que había visto en otras casas de Madrid, llenas de muebles
caros de pésimo gusto, todo allí me parecía tan nuevo,
por ser tan español. Hablamos otra vez; era singular que la conversación
durara tanto. Yo no conocía aquel viejo pocas horas antes, y ya,
cuánta confianza había puesto en él... Además,
él insistía en retenerme.
LA OBRA LENTA PERO SEGURA
Durante toda su vida, don Francisco fue muy a menudo solicitado para
intervenir de una manera directa en la cosa pública y aun en el
Gobierno desde el ministerio de Instrucción. Pero él nunca
quiso distraerse de su obra educadora. Murió sin haber sido ministro,
ni académico, ni senador, ni consejero... ¡Nada! Nada más
que un simple profesor de la Universidad.
- Hace usted mal de no venir a ayudamos en el Parlamento —le decía
Salmerón—. Aquí en España, donde faltan hombres para
todo, debemos cada uno de nosotros hacer como los tenderos de los pueblos,
que venden jabón y libros, rosquillas y rosarios. No tiene usted
derecho a hacerse un especialista en una tierra como ésta.
- Aquí todos tenemos que hacerlo todo —decía Azcárate,
insistiendo en el mismo argumento—. Esto es como los teatros de a real,
que para representar un ejército van saliendo las mismas comparsas
vestidas de soldados por una puerta y entrando por la otra vestida de
obispos.
Don Francisco les escuchaba entristecido, pero nunca consiguieron arrancarle
su consentimiento. Por de pronto, él no creía en la eficacia
de lo que pudiera hacerse desde el Gobierno.
- Leyes, decretos, ¿para qué? Si, como dicen ustedes,
no tenemos gente para aplicarlos.
Son bien conocidas sus frases de que si, por milagro, tuviera él
que gobernar, cambiaría bien pocas cosas.
- ¿Por lo menos añadiría usted muchas que nos faltan?
- Tampoco, apenas nada... Hombres, hombres es lo que falta.
A esta labor —hacer hombres—, que él llamaba la obra lenta pero
segura, estaba consagrado cuando yo le conocí, y entregado totalmente
a ella murió, sin haber podido descansar ni un día.
¡Hacer hombres! La obra lenta y segura, sí..., pero también
la más difícil. Porque ¿cómo hacer hombres
de esta juventud, que ya se ha estropeado o amortiguado en las escuelas
elementales y en los Institutos secundarios de España? Para remedio
de esta urgente necesidad fue necesario cambiar gradualmente el carácter
de la Institución Libre de Enseñanza.
Últimamente se enseñaba allí de todo y para todas
las edades. Se preparaban unos para examinarse libremente de las asignaturas
del bachillerato, al lado de pequeños cenáculos de alumnos
del Doctorado que comentaban a Bergson y William James, o las ecuaciones
más difíciles. En otros pabellones, alrededor del jardín,
los más pequeños aprendían a leer y escribir y los
rudimentos de la aritmética y del dibujo.
Esta transformación de la Institución Libre de Enseñanza
debió hacerse por varios motivos. En primer lugar, los padres reeducados
en la Institución no querían que sus hijos fueran a las
escuelas donde ellos habían consumido los primeros años
de su vida. Además, para los estudios pedagógicos se debió
sentir la necesidad de tener una escuela experimental a mano, donde pudieran
comprobarse los resultados de las nuevas investigaciones. En América
no se concebiría hoy una Universidad sin una escuela primaria y
aun una escuela superior cerca del campus.
Por fin, el Abuelo comprendía la fuerte verdad de que en la boca
de los pequeños está puesta la sabiduría y debió
querer que sus discípulos permanecieran en continuo contacto con
las almas inocentes de los niños. A veces se veía a dos
de los mayores detenerse en el jardín a contemplar un grupo de
chiquitines jugando, y hacerse ambos con la mirada un elocuente comentario.
Otras veces, deteniendo a un bribonzuelo que iba a pegar a otro le asediaban
a preguntas, que el muchacho contestaba ceceando, pero con la cabeza bien
alta y los ojos fijos.
De este modo, en aquel local tan pequeño, se juntaban varias generaciones.
El Abuelo quería a menudo dar clases a los menores por una temporada,
y a los chiquitines no hay que decir si les gustaban las explicaciones
mágicas de don Francisco. Recuerdo que un año quiso él
dar los cursos de latín, y decía que era para estudiarlo
él con los alumnos del bachillerato. Cada miércoles, los
que ya iban a la Universidad y no tenían otro contacto con la Institución,
se reunían allí por la noche en tertulia familiar, que acababa
con un breve concierto de piano. Pequeños, medianos y mayores se
concertaban para excursiones, y al llegar los pequeñitos solos,
bien de mañana, a la estación, eran agasajados con el mejor
sitio en el tren, que debía conducirlos a todos a El Escorial o
a Toledo.
Así, sin salir de aquella casa, algunos empezaron sus primeras
letras, pasaron sus años de escuela secundaria y, sin desarraigarse
totalmente de la Institución, terminaron sus estudios universitarios.
Yo creo que no hay nada parecido en Europa, ni nada hay tampoco igual
en América; deberíamos ir al Extremo Oriente para encontrar
una entidad así, protegiendo y cuidando paternalmente de la formación
espiritual y técnica de la juventud que se le ha confiado desde
la más tierna infancia hasta la madurez.
Esta complicación de servicios con todos los grados (que diríamos
usando términos pedagógicos) propuso a don Francisco y a
sus compañeros problemas que trataron de resolver de la manera
que ellos siempre resolvían las cosas, esto es, sin prejuicios,
aceptando la solución que les ofrecía la vida misma. Por
de pronto, no hubo más remedio que intentar la coeducación.
Los padres la exigían. Por la misma razón que insistían
en mandar allí sus hijos, querían también mandar
las hijas.
La Institución fue el primer centro español que estableció,
sin pretensiones, un ensayo de coeducación.
Los alumnos de la Institución, procediendo de las más distintas
clases sociales, pagaban, los que pagaban, diferentes cuotas, según
sus posibilidades. Por ejemplo, una vez don Francisco fue detenido en
la calle por el remendón de la portería de enfrente, quien
le propuso, si aceptaba a su hijo en la escuela, hacer, en cambio, todos
los zapatos que fuesen necesarios.
Como la Institución no tenía sucursales —¡ni podía
tenerlas!— y estaba en un barrio extremo de Madrid, fue necesario pensar
en establecer un comedor y una cocinilla para calentar los almuerzos que
traían los discípulos. Los mismos profesores cuidaban de
vigilar que las comidas estuviesen en sazón, y si alguien llevaba
un bocado extravagante, pronto aprendía a decirle a su familia
que deseaba un almuerzo más ligero.
-¡ Miren, miren Periquillo —decía don Francisco—, qué
perdiz con coles nos trae hoy en la fiambrera 1 ¡ Y qué vinillo
blanco viene dentro de la cesta! Por la tarde no descuiden de llevarlo
con música hasta su casa...
El goloso quedaba corrido, y si no se uniformaban los almuerzos con estas
pullas, por lo menos se hacían más higiénicos y razonables.
Otro problema fue el del alojamiento de los que venían de fuera.
Muchos ex alumnos de la Institución habían vuelto a sus
casas o enseñaban en las Universidades de provincias y querían
que sus hijos fueran a Madrid a aprovecharse de la vecindad de don Francisco.
En la Institución no había dormitorios ni sitio para hacerlos;
fue necesario que algunos profesores acogieran a los forasteros en sus
casas, estableciendo así, automáticamente, un principio
de régimen tutorial que dio los mejores resultados.
Pero los más delicados problemas eran, naturalmente, los de la
educación misma. Ya hemos dicho que don Francisco quería
hacer hombres, no intelectuales; su deseo era formar un grupo —¡ay,
diré casi un grupito!— de hombres cultos, bien españoles
y bien dispuestos para la vida moderna, lo cual parece cada día
más difícil.
Yo no pretendo hacer aquí una exposición de las ideas de
don Francisco en todos los problemas pedagógicos: tengo un miedo
horrible a los pedagogos de profesión, y aun recelo que en algunas
cosas podría estar en desacuerdo con los propios escritos del Abuelo,
quien en su larga vida fue exponiendo y analizando todo lo que era una
novedad en el mundo científico. Supongo que algún día
se escribirá por algunos de sus discípulos un monumental
infolio acerca de las ideas pedagógicas de don Francisco Giner
de los Ríos... ¡hasta dividiendo su pensamiento en dos o
tres épocas!, la época romántica, la época
krausista, su naturalismo final, etcétera, etc. Pero como yo no
soy un técnico en estas materias, no pude percibir krausismo ni
romanticismo en don Francisco Giner, ni nada que fuera para él
doctrina infalible. Era para mí y para todos los de mi generación
simplemente el Abuelo, el padrecito bueno que cuidaba de nuestras almas
y se preocupaba de hacernos hombres, en el más alto sentido de
la palabra
Natalia Cossío, «Mi mundo desde
dentro»
En el centenario de la institución Libre de Enseñanza
Madrid, Tecnos, 1977
Con emoción profunda me encuentro hoy en esta casa, que nos ofrece
tan generoso apoyo, para conmemorar el primer Centenario de la fundación
de la Institución Libre de Enseñanza.
Conozco esta casa desde 1911, cuando nuestra inolvidable amiga doña
Susana Huntington —más tarde Mrs. Vernon— la presidía tan
inteligentemente. Son años lejanos, pero siguen siendo muy vivos
para mí, y deseo agradecer de todo corazón al Instituto
Internacional su hospitalidad para con la Institución Libre de
Enseñanza y todo lo cercano a ella. Desde el día en que
doña Susana se puso en contacto directo con don Francisco Giner,
con mi padre, Manuel B. Cossío, y con mi marido, Alberto Jiménez,
este contacto con personas de la Institución no se ha interrumpido
jamás.
¿Cuántos años trabajó Jimena Menéndez
Pidal en esa casa, donde comenzó su extraordinaria obra educativa?
¿Y cuántas mujeres de la Institución encontraron
aquí amparo y medios de vida?
A la Presidenta de la Asociación de Mujeres Universitarias —entidad
también acogida generosamente por el Instituto Internacional— y
al Comité organizador de este homenaje quiero dar asimismo las
gracias por haberme invitado a acompañarlas.
Mi mundo desde dentro, como llamé a la charla que di en el Ateneo
hace unos meses, no se limita a mi vida en el paseo del Obelisco, número
8 —como entonces en mi infancia y juventud se llamaba—, en cuyo edificio
existe el grupo escolar que se llamó Joaquín Sorolla y ahora
Eduardo Mar- quina, bien abandonado, por cierto. Por Institución
no hay que entender sólo ese edificio, sino, naturalmente, las
personas que le dieron alma y ser y las que continuaron su obra en España
y allí donde estuvieran.
Uno de mis más intensos recuerdos es siempre el de la casa en
que nací —parte también de la Institución—, ya que
en ella se encontraba aquel día don Francisco Giner de los Ríos
y es la casa donde él pasó casi todos los veranos de su
vida desde 1890 y yo con él y con mis padres. Uno de los pocos
veranos —el último, en 1914— que no pasó allí don
Francisco, porque ya su tan delicada salud no le permitió el largo
viaje a Galicia, fue el que pasó don Francisco con parte de su
familia espiritual, la de don Ricardo Rubio, en una casa de San Rafael,
que pertenecía a los Menéndez Pidal. Allí estaba
Jimena, niña de catorce años, y no es extraño, pues,
que, pasando el tiempo, Jimena Menéndez Pidal continuara brillantemente
la tradición educativa de don Francisco y en esta casa en que hoy
nos encontramos; tanto en la época en que se albergó aquí
el Instituto-Escuela cuanto en la que acogió al Colegio Estudio
fundado por ella tras la guerra civil. En mis largos veinticinco años
de Oxford, la llegada a nuestra casa de un joven de Estudio era una delicia.
¡Hablábamos la misma lengua!
Gracias a haber vivido en aquel ambiente de la Institución, mi
infancia y mi adolescencia fueron completamente felices. El especial ambiente
de la casa del Obelisco lo describe, en pocas palabras —y yo no podría
hacerlo mejor— mi marido, Alberto Jiménez, en su libro sobre la
Universidad española.
«Más de treinta años después de haber empezado
la Institución su labor de reforma universitaria, un famoso crítico
de arte alemán llegó a España en pos de Velázquez
y tuvo la revelación de El Greco. Al volver a Berlín publicó
un libro de impresiones sobre su viaje. Habla en él de la primera
visita que hizo a Cossío en la casa de la Institución...
Describe ingenuamente su sorpresa al encontrarse con cosas y personas
que no eran las de la leyenda.»
«La misma llegada a la casa del Obelisco —era una quinta de mediados
del XIX de los alrededores de Madrid—- le sorprende. Ya dentro de la casa
la atmósfera le parece poco española. Hay algo, dice, 'alado
y claro', algo norteño en la sencillez y maneras de aquellas gentes.
Merienda y pasa unas horas con un grupo de profesores. La conversación
versa -cuenta el viajero- sobre Dehmel, Flaubert, el Kayser, Helmholz,
Justi, Strauss, Cézanne y André Gide, la educación
moderna y la teoría de los colores de Goethe, temas todos tocados
en passant, sin esfuerzo, sin pretensiones, con la cortesía con
que personas bien educadas responden a las preguntas de los visitantes.
Hay, pues, una España europea —añade—; cuál sea su
extensión no puede aún decirlo, pero quizá sea más
dilatada que las compactas minorías que marchan el frente de la
cultura. 'Esta es la verdadera cultura y sin su fraseología', exclama
con sorpresa.»
Lo que no podía sospechar el visitante, sigue escribiendo mi marido,
«era que se encontraba en el laboratorio donde se acometía
la reforma universitaria, una reforma no abstracta, sino acomodada al
estado de conciencia a que las clases universitarias y, en general, la
opinión pública habían llegado respecto a la necesidad
de cambio».
Aquella casa, como escribe el crítico alemán Julius Meier-Graefe,
era alada y clara. La parte norte, de clarísima luz y bellas proporciones.
Yo no puedo olvidar aquella luz tan clara, tan blanca. Como daba al norte,
y enfrente no había todavía casas, sólo había
un inmenso campo sembrado de cebada que en junio se cubría de amapolas,
era muy fría. En medio de la sala había una enorme estufa
de hierro, casi como una cocina, porque tenía un horno, construida
en Charleroi, y su inmensa chimenea llegaba hasta el altísimo techo.
Aunque la estufa daba algún calor, la sala era fría pero
acogedora y abierta a todas las tendencias. Como dijo mi padre:
«...era una casa nacida al calor de la libertad, amparadora de
todas las almas, y que jamás se ha sentido llevada a encender la
discordia...»
Allí había un contacto inmediato con los más finos
estados de conciencia de grupos y regiones de toda la península.
Estos variados contactos sociales, escribe mi marido:
«empezaban muy de mañana en el comedor que Giner y Cossío
compartían. Invitadas al desayuno siempre había algunas
personas cuyos consejos y opiniones se deseaba oír. La conversación
se prolongaba animada y densa hasta el último minuto en que había
que salir a emprender las tareas universitarias. Muchas veces este temprano
yantar era como una revelación para algún joven recién
llegado de provincias y a quien el aspecto del cuarto, la mesa y los mismos
manjares iniciaban en mil secretos peninsulares.»
«Aquí todo es de algún sitio, decía un poeta
catalán —por cierto, Pijoán, más conocido como crítico
de arte—, y es que sobre mantelerías de Padrón veía
vidrios catalanes y fuentes de Alcora y le ofrecían pan de Colmenar,
cecina y manteca de Villablino y unas afreitas gallegas de las Mariñas
de Betanzos. Lo atractivo era que el despliegue de productos naturales
e industriales españoles no era didáctico, ni encubría
afectación alguna, sino natural respuesta al continuo contacto
y cordial atención que aquellos hombres mantenían con la
vida entera española. El amor exagerado (si así puede calificarse)
de estos hombres por cuanto con España se relacionaba hubiera podido
caer en estrecho nacionalismo de no mantenerse en íntimo contacto
con los estímulos de fuera, tomando de ellos cuanto pudiese enriquecer
los valores españoles.»
Las habitaciones al mediodía de la casa estaban llenas de vivísima
luz y daban sobre el jardín, con su hermoso y alto nogal, su frondosa
morera, el tejo, rodeado de evónimus; la gran acacia, frente al
frontón; las adelfas rosas y blancas, los granados con sus ramas
como de coral, los tres lilos debajo de nuestros balcones, los rosales
blancos trepadores que cubrían los muros de varias clases, las
hiedras que rodeaban el arco románico de la clase del fondo, el
jazmín amarillo que cubría parte del muro que separaba nuestro
jardín del de las monjas y el inmenso rosal de pitiminí
que tapaba corno un techado gran parte del jardín. También
había una parra a lo largo del muro de las monjas y parte de ella
se arrancó al construirse el precioso pabellón Mac Pherson,
creo que desaparecido hoy. No recuerdo que la parra diese uvas, pero quizá
cuando no estábamos allí, en septiembre, las diera. Era
un jardín encantador, lleno de árboles, flores, niños
y pájaros. Un jardín muy castellano, sin césped,
que con la escasez de agua no prospera.
En este jardín, en medio de árboles y flores, jugaban los
niños que tuvieron la dicha de ir a la Institución. No creo
que haya existido en Madrid y en aquella época, durante casi sesenta
años, una escuela tan llena de verdor y tan limpia. ¡Y qué
profesores tan extraordinarios tuvimos allí cuando éramos
párvulos ...! Uno —no tengo más remedio que mencionar su
nombre— fue don Germán Flórez, que dedicó toda su
vida a Ios pequeños. Compenetrado con él desde sus años
universitarios, practicó lo que escribía mi padre:
«No deis a vuestro alumno ninguna lección verbal; no la
debe recibir más que de la experiencia. Lo más importante,
la regla más útil de todo educador, no es ganar tiempo,
es perderlo. Que el niño corra, que tropiece, que caiga cien veces
al día. tanto mejor; aprenderá más pronto a levantarse.
El bienestar que proporciona la libertad cura muchas heridas. El solo
hábito que no se debe dejar tomar al niño es el de no contraer
ninguno.»
En aquel jardín, en aquella sala «alada y blanca»
se movía don Francisco con una elegancia natural y un saber mundano
que añadían una fina gracia física al encanto de
su gracia espiritual.
Mi padre le describe así:
«Pequeño, enjuto y en movimiento perpetuo, coronado de una
nobilísima cabeza grande, con cara algo alargada, ojos castaños,
de una extraordinaria mezcla, según los momentos, entre bondadosos
y agresivos, barba en punta, espesa y dura, que fue blanca desde los cuarenta
años, y hasta entonces negra, como el pelo, que perdió muy
joven. En conjunto, en color y en estructura, si se descuenta la energía
de sus rasgos, recordaba a los santos de Ribera.»
Mi padre era guapísimo, más alto que don Francisco, rubio,
ojos de azul intenso, lleno de encanto y simpatía. Antonio Machado
es la persona que mejor ha descrito su gesto al compararlo con el marqués
de Spínola en el cuadro de «Las lanzas».
En la casa del Obelisco, 8, vi y conocí desde que nací
a la plana mayor de los famosos krausistas. A Salmerón, tan majestuoso;
a Moret, presidente de la Institución hasta su muerte; a don Gumersindo
de Azcárate, tan elegante, tan distinguido y tan guapo; a don Juan
Uña, guapísimo también. Luego, en la segunda generación,
la de los que habían sido los primeros alumnos: don Ricardo Rubio,
a quien siempre llamé tío (era como un hermano de mi padre);
don Germán Flórez, que llegaba todos los días antes
de las nueve y subía al comedor y era otro hermano espiritual suyo,
y tantos otros.
Allí vi desde mis primeros años a los que podríamos
llamar la tercera generación de la Institución, los que
habían empezado a ir a la escuela desde niños de siete años:
Julián Besteiro, Manuel Pedregal, los hermanos Villalba, el marqués
de Palomares, los ingenieros Cebada, Lorite, Portuondo, el doctor García
del Real y, claro, a tres hermanos Machado: Manuel, Antonio y Pepe, el
pintor. A Antonio le vi más cuando colaboraba con mi padre en las
Misiones Pedagógicas, y a Pepe porque daba clase de dibujo en la
Institución. Más tarde llegó una cuarta generación,
hacia primeros de siglo. No se había educado en la Escuela. Venían
de la clase del doctorado de don Francisco. Uno, su sobrino Fernando de
los Ríos, rondeño como él; los hermanos Barnés,
Ricardo de Orueta, crítico de arte y escultor; Luis de Zulueta,
Federico de Onis, José Castillejo, que fue luego el magnifico secretario
de la Junta de Ampliación de Estudios, y, algo más jóvenes
que éstos, Américo Castro, Manuel García Morente,
Alberto jiménez... Muchos de ellos, si no casi todos, eran andaluces.
Juan Ramón Jiménez, a quien podríamos considerar
como de la Institución, nos frecuentaba mucho... En fin, la casa
estaba llena de gente desde la hora del desayuno. Siempre había
alguien en la sala con don Francisco, muchas veces miembros de su familia
—si estaban en Madrid— como su hermano don Hermenegildo o su primo el
médico don Alberto Giner, director de una institución modelo
que existía en El Pardo; sus amigos como el doctor Simarro y el
pintor Sorolla y los alumnos de su clase; o arqueólogos como don
Ricardo Velázquez, Gómez Moreno, etc., y viejos discípulos
que venían de sus provincias a consultarle sus problemas. Era una
casa viva, llena de amigos nuevos, jóvenes y antiguos. Había
invasiones catalanas con Pijoán a la cabeza, entonces joven encantador;
invasiones alicantinas con los hermanos Soler; sevillanas, extremeñas,
leonesas con don Francisco Sierra Pambley, fundador de tantas escuelas
en la provincia de León y en la de Zamora... y el gran grupo astuariano
que en los últimos años ya estaba en Madrid, como Posada,
Buylla, Altamira, Sela... Una casa así no creo que haya existido
jamás en Madrid y sobre todo en aquellos años entre 1900
y 1915, cuando murió don Francisco. Aquel día vi entrar
en la casa a tantos desconocidos para mí, hombres hechos y derechos,
llorando...
Muchas generaciones de alumnos de la Institución tuvimos la gran
suerte de vivir cerca de estos hombres admirables en tantos sentidos y
de sus devotos colaboradores, y me llena de alegría e ilusión
ver cómo se ha despertado ahora entre la gente joven, que no los
conoció, el gran interés —que por dicha no está muerto—
por ellos y por su obra, en la Casa de la Institución y fuera de
ella: en la Universidad, en el Museo Pedagógico, en la Junta para
Ampliación de Estudios, en las Residencias de Estudiantes y de
Señoritas, en los grandes grupos escolares y por toda esa España
en que sus enseñanzas florecieron hasta en los lugares más
insospechados y remotos.
Antonio Jiménez-Landi
Manuel Bartolomé Cossío una Vida ejemplar (1857- 1935]
Alicante, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1989
I
Nuestro padre nos llevaba de paseo, todas las tardes, cuando hacía
buen tiempo, a mi hermano, cogido a su mano izquierda, y a mí,
apretándome la derecha.
Desembocábamos en el Paseo de Rosales, por detrás del Cuartel
de la Montaña, y, de pronto, un señor que iba por la acera
opuesta, cruzó la calzada y se vino hacia nosotros, saludó
a mi padre con familiar cariño y le preguntó cuándo
iba a llevarnos a la Institución a mi hermano y a mí.
La imagen de aquel señor se me quedó grabada, y no creo
que por su alusión a la escuela, que, yo me figuraba, entonces,
como algo aterrador, sino por la misma imagen de la persona.
Mi padre nos explicó: era el señor Cossío, un maestro
suyo que también había de serlo nuestro.
Al año siguiente, mi padre nos llevó a la Institución.
Y la figura del señor Cossío empezó a serme familiar.
Aunque no daba clase a los niños pequeños, le veíamos
cruzando el jardín, para hablar con nuestros profesores... y notábamos
que todos ellos sentían por él una mezcla de cordialidad
y de veneración.
Cuando me pasaron a una de las clases superiores, la figura del señor
Cossío fue adquiriendo rasgos más definidos para mí.
Los maestros que nos daban clases diariamente nos transmitían algo
así como un eco suyo: Ha dicho el señor Cossío...
el señor Cossío tiene muchas ganas de daros clase; pero
no puede ...
Alguna vez pudo, y el recuerdo de aquellos tres cuartos de horas de clases,
perduran en la memoria de cuantos asistimos a ellas.
II
Las ventanas se abrían al norte, y, alguna vez, durante la clase,
los ojos se nos iban hacia ellas para ver el jardín, iluminado
por el sol, que a nosotros no nos daba. Pero, aquel día, no había
lugar a ninguna distracción, atraídos por la palabra del
maestro. Por fin, el señor Cossío se dirigía a nosotros.
La estancia no podía ser más austera: muros blancos, zócalo
verde oscuro, un encerado al fondo, los pupitres a un lado y otro del
paso que dejaban en medio, y, aquí, la estufa de carbón,
cuyo tubo subía al techo verticalmente; un pequeño armario
bajo, pintado de gris, y, una balda a guisa de rinconera. Bajorrelieves
de escayola reproduciendo un trozo del friso del Partenón y los
grotescos de la puerta de entrada al Colegio de San Ildefonso, en Alcalá
de Henares, colgaban de las paredes, más algunas fotografías
de cuadros y monumentos. La más pequeña de todas estaba
entre el encerado y la rinconera. En ella se fijó el señor
Cossío para preguntarnos quien de nosotros sabía lo que
representaba. No lo sabíamos ninguno de los presentes, que éramos
catorce o dieciseis alumnos.
El señor Cossío nos lo explicó: representaba la gran
chimenea del Palacio de Justicia de Bruselas. Y, con la chimenea como
punto de partida, comenzó una clase llena de atractivo, de sugerencias.
Cossío tendría, entonces, unos sesenta y siete años;
era más bien alto, delgado, pero, en apariencia, fuerte. Sus actitudes
eran sencillas, elegantes, y la expresión de su rostro sumamente
atractiva; de ojos azules, que nos miraban con fijeza y benevolencia a
la vez, y las mejillas más enrojecidas de lo que es normal; el
cabello y la barba, recortada, casi del todo blancos. Pero lo verdaderamente
original era su voz. Diríase de ella que tenía, como los
buenos órganos, los más varios registros adaptados, admirablemente,
al tema de la conversación. La palabra fluía, con naturalidad,
en sus labios, o parecía salir de lo más profundo de su
pensamiento. Había tonos en la escala normal que, al acabar la
frase, descendían a los graves, y aun bajos. Entonces, la última
palabra, templada, prolongábase en una especie de estela sonora
decreciente (1). El gesto se identificaba con la voz, y, unas veces era
vibrante y luminoso y, otras, casi melancólico y apagado. Cuando
escuchaba subía las cejas, frunciendo la frente, y su mirada mostrábase
expectadora y comprensiva. Una de las características de su idiosincrasia
era la efusión, detrás de la cual se escondía una
sensibilidad a flor de piel. Era sumamente captativo: un fino psicólogo.
V
La sala de don Francisco estuvo presidida, durante muchos años,
por un cuadro, de escuela andaluza, que representaba a la Virgen con el
Niño Jesús en brazos, y otra pintura, también de
María con el Niño —de escuela flamenca y mucho mejor que
la citada anteriormente—, pendía en la pared del gabinete de doña
Carmen, la esposa de Cossío. En una de las clases de la Institución,
en el testero del fondo, a uno y otro lado del encerado, había
sendas fotografías de madonnas. Una de ellas era la famosa de San
Sixto, pintada por Rafael.
Recordaba José María de Cossío, que, cuando murió
Giner, y Antonio Machado envió a la Institución la poesía
dedicada al maestro, su tío, comentando uno de los versos del poema,
dijo: ¿Y por qué no han de sonar, también, las campanas,
si las campanas son el espíritu?
En el de Cossío, adogmático, podían alojarse todas
las manifestaciones que proporcionaran, a ese espíritu, consuelo,
goce y elevación.
VII
Volviendo los ojos hacia la figura de Cossío, una de las cosas
que yo más le admiraba era su enorme voluntad para mantener una
actitud entusiasta ante la vida, para asumir el dolor, sin rechazarlo
—su vida familiar fue un constante drama—, para no entregarse, jamás,
al desánimo, ni a las apariencias, ni a las opiniones del momento,
ni a la vulgaridad, ni, por descontado, a violencia ninguna.
Era un hombre austero, que impulsaba al goce legítimo; transigente,
humano, comprensivo, responsable, y algunos de estos rasgos de su psicología
se reflejaban en el aspecto del propio hogar. La sala puede servirnos
de ejemplo. En ella conservaba algunos muebles de don Francisco: el piano,
la mesita baja, el tresillo tapizado con telas populares de colores vivos,
el sillón Voltaire, con igual tapicería, un armarito bajo,
de pino, pintado de ocre; el sofá y las sillas con asientos de
anea. Esta sillería era sumamente modesta, la ya clásica
de respaldos con paligotes torneados, que se veía en los hogares
humildes. Pero junto a este ajuar de clase media, dos paisajes de Beruete:
la sierra de Guadarrama y Toledo, y un boceto, y dos retratos de Sorolla:
el de Giner y el suyo. Y lo curioso era que el contraste no desentonaba,
sino que ponía en la habitación el sello de quien lo vivía:
austeridad, por una parte; calidad y belleza por la otra. El arte, como
tesoro espiritual —no como inversión crematística—, es perfectamente
compatible incluso con la modestia material.
Y la mesa frailera, antigua, y, sobre ella, la talla de San Juan ante
la cruz, gótica del siglo XIII, y los pañitos de tejidos
populares, y la jarra de loza, también popular, con un ramo de
jaras o de cantuesos de la Sierra o del Pardo. No podía faltar,
en aquella habitación, el retrato de un niño —el del propio
Giner, de fina factura casi romántica—, y cubriendo una pared,
la estantería de pino, llena de libros...
Pues, siendo todo tan castizamente español, parecía, al
profano, que penetraba en un hogar extranjero. Ésta era la silenciosa
lección de aquel ajuar, que también enseñaba: ¿No
buscan ustedes a Europa y lo europeo? Pues aquí está. Sólo
falta saber mirarlo.
Este aprender a ver fue el tema de uno de los primeros trabajos de Cossío,
trabajo que sintetiza el contenido de su pedagogía toda.
Lo publicó el Boletín de la Institución Libre de
Enseñanza en 1879, cuando Cossío, a sus veinte años,
tenía ya un pie en el estribo, para marchar a Bolonia. |
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